Autor: Gustavo Charino de El Civismo
La causa sigue teniendo a tres prófugos: Walter, Matías y Agustina Atrio, una deuda pendiente de la Justicia que no puede cerrar este caso que marcó para siempre a una localidad que aparentaba ser tranquila.
Este domingo se cumple un año de un hecho brutal que se grabó a fuego en la memoria de Olivera.
Esa fecha marca el aniversario de la muerte de Jeremías Sosa, un albañil de 31 años oriundo de Jardín América, Misiones, cuya vida se apagó bajo la furia desmedida de un grupo de vecinos que confundieron a un hombre trabajador con un delincuente.
El caso, que conmocionó a la opinión pública por su brutalidad, sigue abierto en los estrados judiciales y también permanece como un mal recuerdo de cómo la justicia por mano propia puede desembocar en una tragedia irreparable, con varios implicados tras las rejas y tres prófugos aún en libertad.
Ese sábado 22 de febrero de 2025, el sol se había ocultado hacía ya algunas horas y el movimiento de vecinos por las calles de Olivera en una jornada cálida de verano era normal para el ritmo de la localidad.
Sosa, que se encontraba lejos de su tierra natal, había viajado a la zona norte del Gran Buenos Aires con un propósito noble: trabajar en una obra para ahorrar dinero y cumplir el sueño de su hija de festejar sus 15 años. De paso, aprovechaba para visitar a parte de su familia que se había radicado en Olivera hacía un tiempo.
Aquella noche, sin embargo, el destino le jugó una carta cruel. Afectado por un ataque de pánico que padecía, salió de la casa de su hermana en busca de aire fresco, caminó, deambuló hasta llegar a la intersección de las calles Juan XXIII y Remedios de Escalada.
El ruido repentino de una moto lo sobresaltó, y su reacción instintiva fue empezar a correr y buscar un lugar donde ponerse a resguardo. Ese acto de huida, fue mal interpretado al menos por una persona (nunca se supo quién fue) que lo confundió con un delincuente.
Asustado, Sosa entró a un bar de donde salió a los pocos segundos, siguió corriendo, hasta que se metió en una vivienda, luego pasó a otra hasta volver a calle Juan XXIII.
Alertados por su presencia, un grupo de vecinos asumieron que se trataba de un ladrón en fuga. Lo que siguió fue una persecución corta y frenética por la calle principal, una cacería humana donde la línea entre la supuesta defensa y el crimen se borró por completo.
Entre Reconquista y Remedios de Escalada, alcanzaron a Jeremías, lo derribaron al suelo con una violencia desproporcionada y lo ataron, convirtiéndolo en el centro de una ira colectiva descontrolada.
La agresión fue brutal y sistemática. Golpes de puños y puntapiés llovieron sobre su cuerpo, concentrándose especialmente en su rostro y su cabeza. Mientras se encontraba indefenso y pedía clemencia, los gritos acusatorios se mezclaban con los golpes: «¡Quédate quieto!», «¡Este es el que roba!», sin que existiera una sola denuncia previa ni prueba alguna que lo vinculara a actividad delictiva.
Decenas de vecinos presenciaron la escena. Algunos, impotentes, pedían que la paliza, el linchamiento se detuviera, pero la mayoría permaneció en silencio o participó activamente, hasta que la sirena de la Policía irrumpió a esos de las 22.30.
Cuando los agentes llegaron, solo pudieron constatar lo irreversible: Jeremías Sosa ya no tenía signos vitales. Fue trasladado al Hospital Nuestra Señora de Luján, pero su destino estaba sellado: llegó muerto.
La autopsia dictaminaría la causa exacta del fallecimiento: un shock neurogénico provocado por un traumatismo craneal grave, consecuencia directa de la golpiza recibida.
La Fiscalía 10, a cargo de la Dra. María Laura Cordiviola, tomó el control de la investigación. Inicialmente, la causa se caratuló como: «Homicidio en riña», pero a medida que los peritajes y testimonios revelaban la premeditación y la crueldad del acto, la calificación legal se endureció, pasando a ser: «Homicidio agravado por ensañamiento, alevosía o insidia», en carácter de coautores.
Las primeras diligencias policiales fueron intensas. Se realizaron allanamientos en el pueblo, secuestrando prendas de vestir, teléfonos móviles y equipos de grabación que pudieran arrojar luz sobre lo sucedido.
En la madrugada del 23 de febrero, cayeron los primeros detenidos: Lucas Samuel González Bonomo, de 23 años, y Gustavo Rocha, de 49 años. Poco después, Alex Iñiguez, de 23 años, fue incorporado a la causa como partícipe necesario.
La red se fue cerrando lentamente: en abril de 2025, se sumó Franco Gutiérrez, de 28 años, y en junio, Néstor Oscar Rebottaro, de 41 años, quien había intentado ocultarse en una cabaña en la isla «La Botija», en Zárate.
En total, cinco personas permanecen detenidas, enfrentando la justicia por su participación en el crimen. Sin embargo, la investigación aún tiene cabos sueltos.
La Fiscalía identificó a otros tres sospechosos: Walter Ariel Atrio, María Agustina Atrio y Matías Hernán Atrio. Contra ellos pesan órdenes de captura vigentes, y las fuerzas de seguridad se supone continúan trabajando para dar con sus paraderos. La ausencia de resultados prolonga la angustia de la familia y mantiene al caso abierto.
Detrás del expediente judicial, está la historia humana de Jeremías Sosa. Su familia, encabezada por su hermana Melani en Olivera y su pareja Carolina Sotelo en Misiones, no han cesado en su lucha incansable por justicia.
Han denunciado demoras en el proceso y cuestionado la posible existencia de vínculos que obstaculicen la verdad, llevando su reclamo a las puertas de los Juzgados de Mercedes y a los medios de comunicación.
Jeremías no era solo una víctima; era también un hombre solidario que en Misiones dirigía un comedor donde alimentaba a treinta jóvenes con problemas de adicciones, un padre amoroso que dejó huérfanos a dos hijos de 14 y 3 años.
El caso generó un profundo debate en la comunidad, exponiendo las grietas de la seguridad ciudadana y los peligros de la violencia vecinal. En Olivera, las posturas se dividieron: mientras algunos repudian el linchamiento y apoyan a la familia, otros aún justifican el ataque bajo la bandera de la inseguridad sin solución.
A un año de su muerte, la memoria de Jeremías Sosa permanece viva al tiempo que la justicia, aún incompleta, sigue siendo la única esperanza para cerrar esta herida abierta que forma parte de la historia negra de un pueblo que aparenta ser tranquilo.
Fuente: El Civismo de Luján