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Emotivo acto del Centro de Veteranos de Malvinas

Al costado del monumento que más los representa, un grupo de hombres se saluda con abrazos y bromas. Algunos llevan consigo una insignia, una bandera, una frase que los identifica. Otros llegan más livianos, despojados en su superficie del peso que conlleva su suerte, pero con los mismos sonidos y olores de antaño. Son hermanos de la vida que dejaron sus veinteañeros días de sueños en la Isla más austral del mundo. Son los que fueron a defender nuestra tierra en la confusa guerra del Atlántico Sur.

Pasaron 44 años del día en el que se recuperaron las Islas Malvinas después de 149 de ocupación británica. Ese 2 de abril pasaría a ser una fecha histórica en nuestra patria: la que hoy conocemos como el Día del Veterano y de los caídos en la guerra de Malvinas.

Como todos los años, en la plaza San José, la que recuerda a los ex combatientes en la ciudad de Mercedes, se conmemora un nuevo acto para homenajear a quienes desde aquel entonces son y serán por siempre héroes nacionales.

Este acto, quizás el más masivo y sentido del calendario, cuenta con la presencia de los veteranos de guerra que, como en cada edición, están acompañados por familiares, amigos, vecinos y alumnos de distintas escuelas primarias y secundarias. Siempre figuras. Siempre protagonistas. Siempre hombres de nuestra historia.

Entre ellos, Walter Castro, integrante del Centro de Veteranos de Guerra, hace una pausa y se aleja del grupo. Mira a su alrededor y en ese contexto recuerda que una semana antes del 2 de abril de 1982, estaba por recibir la baja del Servicio Militar. Le quedaban sólo 7 días para volver a casa. Pero el destino quiso que antes de ese cierre, su vida tuviera un capítulo más que lo transformaría en otra persona, muy distinta a la que era antes de pisar las islas: “No sé cómo superé todo lo que vivimos. En esta fecha me tomo un tiempo para quedarme solo y pensar en todo lo que sufrimos, en los compañeros que ya no tengo cerca, en todo lo que extrañamos…” Detrás de sus anteojos negros se alcanza a ver una mirada brillosa que repasa los días en Malvinas. No le es ajeno preguntarse qué hacía ahí, a esa edad, esperando con incertidumbre el avance inglés. “Mis imágenes en el recuerdo no tienen colores. En Malvinas todo es gris. A pesar de eso, acá estoy, ejercitando la memoria, no sólo en mí, sino en las nuevas generaciones, para que todos sepan de qué se trató la guerra”.

Bajo un cielo encapotado, la presión densa del ambiente se presenta ante toda la plaza como una invitada espacial a la que convidaron un pedazo de historia sobre la que se hizo carne para estar a la altura del recuerdo. Los oradores del acto manifiestan su gratitud eterna a los muchachos que dejaron de ser chicos cuando recibieron un fusil y se dispusieron a defender la patria. Tanto el Padre Jeréz, de la Iglesia del barrio, como el Pastor Evangélico Garrido, muestran que más allá de las creencias, venerar a nuestros veteranos es un acto de amor.

Es un día especial. Así lo expresa Roberto Estévez, ex combatiente de Malvinas. “El olvido es la única batalla que no podemos darnos el lujo de perder”. Eso dice frente al micrófono y a un centenar de chicos que no dejan de mirarlo como lo que es: un valiente hombre que supo arriesgar su vida para un bien común. Roberto, en su nombre y en el de sus compañeros, recuerda a quienes quedaron como centinelas, custodiando la isla Soledad y la Gran Malvina y que no pudieron volver a sus hogares con sus familias que tanto los esperaban. Para los de acá, los de allá son los verdaderos y únicos héroes.

Entre el público, Daniel Fiorebello mira a su padre. Él es uno de los tantos hijos de la guerra que acompaña a los hombres que en las escalinatas del monumento (de su propio monumento) son aplaudidos por los vecinos de la ciudad. Daniel, hijo de Miguel, sostén del dolor. “Yo tenía catorce años cuando me enteré que mi papá había estado en una guerra. Nunca nos dijo nada. Nunca entendí cómo con sólo dieciocho años intentó disparar un fusil que no siempre funcionó. En días como hoy me pregunto cómo pudo, a su edad, vivir todo lo que vivió. Esto nos compromete a todos. Como hijos de un ex combatiente, no debemos estar al margen”, asegura.

Es que crecer con Malvinas en la piel es crecer siendo patriota. Es verdad que Daniel no puede describir el sentimiento. Dice que hay que vivirlo. Pero lo que sí puede hacer es continuar con el legado de la divulgación de Malvinas, aquí y donde sea, para que no olvidemos nuestra historia.

Entre muchas lágrimas especialmente dedicadas en el acto, el intendente Ustarroz tomó la palabra. El sentido de orgullo es inevitable y se nota. Se nota en el tono de voz y en las veces que se agradece semejante acontecimiento nacional. Destaca el trabajo de los veteranos con los más chicos, en las escuelas y en los barrios, entendiendo esto como el “mecanismo preciso para contagiar el sentimiento que ellos mismos llevan dentro y continuar con el reclamo de lo que nos pertenece, para defender nuestra soberanía”.

Entre las ofrendas florales que bañan la escena, miembros de colegios profesionales, sindicatos, partidos políticos, agrupaciones tradicionalistas y autoridades gubernamentales aplauden con emoción a los músicos invitados: Mili Vallejos es la que con su dulce voz entona versos que se meten en las venas del recuerdo de la sangrienta guerra de Malvinas; y es Agustín Vitta quien, junto a Guido Paternesi, contrasta el sonido de su voz para cantarle a los homenajeados. Ellos son los responsables de esas lágrimas que vuelven a brotar en los ojos de Marta Chiappuzzi, una de las madres de la guerra. Está sentada porque tiene ochenta años y porque dice que el clima le hace doler las piernas. Pero es el dolor de los años los que vienen a su encuentro. Y ella lo esconde, como escondió el pesar de saber que su hijo estaba en la guerra para cuidar a sus hermanos más chicos y protegerlos de lo que aseguraba una injusticia. Una mamá que aguardó el regreso de su hijo desde el día en que secó  sus medias en el horno creyendo que sólo iba a Campo de Mayo, hasta que logró verlo a la distancia, frente al regimiento, con medio cuerpo fuera del colectivo verde que lo devolvió a su ciudad natal. En medio de esos dos momentos, un lapso de 72 días de dolor se apoderó de ella y de su corazón: “No tenía noticias de mi hijo. Todos recibían cartas, pero yo no tuve esa suerte. Yo no quería llorar. Sólo le pedía a Dios que mi hijo volviera sano” cuenta emocionada. Marta refleja en su rostro una felicidad particular, como si resultara forzada por culpa del sufrimiento. Una mixtura agridulce que aún hoy lleva consigo. Madre. Madrecita. De esas que con fuerza logran lo imposible. No se permitió llorar. Se hizo fuerte por sus padres y por sus hijos, sin saber que algo de ese dolor le correspondía por derecho. Solita su alma soportó le experiencia más triste que una madre puede transitar y hoy, 44 años después, puede aferrarse a los brazos de su hijo como también él puede hacerlo con ella.

Así es Malvinas. Así se vive. Así se entiende. Memoria para una guerra desgraciada, reconocimiento para los héroes que quedaron cuidándola, agradecimiento para los que volvieron y respeto para las familias que sostienen la historia por más que duela en el alma.

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